El resultado de las elecciones presidenciales en Perú, entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori, podría tardar dos semanas o más por las actas impugnadas pendientes.
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Por: redacción El Colombiano y elchiq.comhttps://www.google.com/search?q=elchiq&oq=elch&gs_l
Perú volvió a despertar la madrugada del martes sin saber quién será su próximo presidente, y todo apunta a que esa incógnita se mantendrá por buen rato. La segunda vuelta del domingo 7 de junio dejó un final tan apretado que ni las encuestadoras, ni la autoridad electoral, ni los propios candidatos se atreven a cantar victoria. Lo que sí quedó claro es el escenario: el izquierdista Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, encabeza por un puñado de votos sobre la derechista Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, en lo que la misión europea de observación describió como un empate técnico. Para entender por qué el país más al sur de la frontera con Colombia tendrá que armarse de paciencia, conviene mirar los números, los plazos y la larga memoria electoral peruana.
Hasta el cierre de esta edición, con el 96% de las actas escrutadas, Sánchez sumaba el 50,05% de los votos frente al 49,94% de Fujimori. Eso significa una ventaja de apenas unos 20.000 votos en un país de más de 27 millones de electores. La diferencia es tan delgada que cabría en un coliseo o una plaza de toros.
Esa fotografía, además, no ha dejado de moverse. Un día antes, con cerca del 95% de las actas contabilizadas, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) reportaba a Sánchez arriba por 36.455 votos: 8.866.588 sufragios válidos para Juntos por el Perú contra 8.830.133 de Fuerza Popular, con poco más del 3% de las actas todavía sin procesar. Que la brecha se haya estrechado a medida que entran nuevos paquetes de actas es justamente lo que mantiene la noche electoral abierta de par en par, sobre todo porque el lunes al mediodía recién empezaron a sumarse los primeros resultados del voto en el extranjero.
El primer aviso de lo reñido del desenlace lo dieron las urnas el mismo domingo. Los conteos rápidos de las encuestadoras privadas Ipsos y Datum coronaron a Sánchez por menos de un punto, dentro de un empate técnico que sus seguidores celebraron en las calles como si la elección ya estuviera ganada. Pero Alfredo Torres, presidente de Ipsos Perú, se encargó de bajar la euforia recordando que esa muestra carga un margen de error de 1,9%. Por eso mismo, advirtió, es perfectamente posible que las cifras se reviertan o se amplíen cuando termine el conteo.
¿Por qué demora tanto el conteo de votos en Perú?
El jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, Bernardo Pachas, fue explícito al señalar que el escrutinio podría demorar entre dos semanas o estirarse hasta fin de mes, según cuántas observaciones se registren sobre las actas. Y no descartó que el cómputo se prolongue incluso hasta inicios de julio, porque buena parte del rezago depende de la rapidez con que lleguen las actas del exterior y de las zonas rurales del país, esas que suelen viajar días por carretera, río o avioneta antes de llegar a un centro de cómputo.

El otro gran cuello de botella tiene nombre técnico: actas observadas. Para poder declarar un ganador, las autoridades deben revisar una a una las actas impugnadas, que en conjunto contienen alrededor de 450.000 votos. En una elección que se define por veinte mil sufragios, ese volumen es dinamita: la suerte de la presidencia literalmente cabe dentro de esos sobres en disputa.
La vocera del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), Grecia Rentería, explicó cómo será el camino. Las actas observadas saldrán primero de las oficinas descentralizadas de procesos electorales (ODPE) rumbo a los jurados electorales especiales (JEE) de cada jurisdicción, donde se hará el cotejo correspondiente. Si las observaciones no logran resolverse en esa etapa, se dispondrá el recuento de votos mediante audiencias públicas. Rentería concluyó que la proclamación de la segunda vuelta presidencial recién ocurrirá a mediados de julio.
¿Quiénes son Roberto Sánchez y Keiko Fujimori?
Detrás de los porcentajes hay dos biografías que resumen tres décadas de pulso político peruano. Keiko Fujimori, de 51 años, es la hija del fallecido expresidente Alberto Fujimori, que gobernó entre 1990 y 2000, y lidera Fuerza Popular. Esta es la cuarta vez que compite por la presidencia, un dato que por sí solo dice mucho sobre la persistencia de su proyecto y sobre el muro que una y otra vez se ha levantado frente a él.
Enfrente está Roberto Sánchez, de 57 años, candidato de Juntos por el Perú y heredero político de Pedro Castillo, el exmandatario que hoy permanece preso tras el fallido autogolpe de Estado de 2022. A diferencia de su rival, para Sánchez esta es su primera postulación a la jefatura del Estado, lo que añade un componente de novedad a una contienda marcada por rostros conocidos.
El fantasma de 2021: cuando el resultado tardó seis semanas
Si la espera angustia a los peruanos, la historia reciente sugiere que no deberían sorprenderse. El ritmo del recuento actual encaja dentro del estándar del país. En el balotaje de 2021, también entre Fujimori y un candidato de izquierda, el resultado final solo se conoció seis semanas después de la votación: Pedro Castillo terminó imponiéndose con 50,12% frente al 49,87% de la lideresa de Fuerza Popular. Es decir, la película que hoy ven los peruanos ya la vivieron hace cinco años, con un guion casi calcado de votos contados con lupa.
Esa proximidad no es casual. La jornada del domingo fue el octavo balotaje en la historia electoral peruana, un mecanismo vigente desde 1985 pero estrenado en 1990, cuando Alberto Fujimori aplastó a Mario Vargas Llosa por más de 1,8 millones de votos, unos 25 puntos porcentuales de distancia. Aquel abismo, sin embargo, fue desapareciendo con los años. En 2006 la diferencia entre el ganador y el segundo lugar fue de 694.937 votos; en 2016 se redujo a su mínima expresión histórica, con Pedro Pablo Kuczynski superando a Keiko Fujimori por apenas 41.057 adhesiones (0,2 puntos); y en 2021 la ventaja de Castillo sobre la misma Fujimori fue de 44.263 votos, un escuálido 0,3%. La conclusión es inevitable: en 36 años los márgenes se han vuelto microscópicos mientras la polarización, alimentada por las redes sociales y las campañas de desinformación, no ha hecho sino crecer.

¿Por qué las elecciones en Perú son tan reñidas?
Buena parte de la explicación gira en torno a un apellido. El fujimorismo, representado primero por Alberto Fujimori y desde hace década y media por su hija, ha disputado seis de los ocho balotajes peruanos, el 75% del total. El patriarca, fallecido en 2024 a los 86 años, ganó los dos en los que participó, aunque su victoria sobre Alejandro Toledo en 2000 quedó manchada por evidentes irregularidades. Keiko, en cambio, ya perdió tres segundas vueltas y ahora juega su cuarta.
Para el politólogo Paulo Vilca, del Instituto de Estudios Peruanos, lo que explica ese historial es nítido: existe una gran resistencia de la sociedad al fujimorismo, un antifujimorismo que él describe como transversal, que cruza ideologías, clases sociales y regiones, y que ni siquiera se agota en el sur del país. El sociólogo Danilo Gago, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, lo complementa con el mapa: pese a los cambios de partidos, las preferencias se mantienen estables por territorio, y Keiko conserva el respaldo de la costa norte, el oriente y un voto importante en Lima. No es teoría: en 2021 se impuso en Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad, Lima, Callao, Ica, Loreto, Ucayali y entre los peruanos en el extranjero, y aun así perdió.
La analista política Mabel Huertas, socia de la consultora 50+Uno, resume el ánimo de fondo con una frase que retrata a toda una generación de electores: en el Perú de hoy no se vota tanto por alguien como en contra de alguien, con un fuerte componente emocional que empuja a decidir a último minuto. Y, sin embargo, hay una paradoja que conviene no perder de vista: a pesar de sus derrotas, Fuerza Popular se ha consolidado como el partido más organizado y sólido de una política nacional caótica, con una estructura y una vocación institucional de las que carecen casi todos sus competidores.
Ese hartazgo también se mide en el voto en blanco y viciado, que desde 2011 no ha superado el 6,5% del total. El pico se vivió en 2001, en el primer balotaje tras la caída de Alberto Fujimori, cuando una campaña impulsada por los escritores Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa para invalidar el voto frente a Alan García y Alejandro Toledo llevó esa cifra hasta el 13,8%. Un cuarto de siglo después, la desconfianza sigue siendo la marca de fábrica de la política peruana.
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