El terremoto deja dolor y devastación, pero también puede ser una oportunidad para
Thank you for reading this post, don’t forget to subscribe!Por: redacción El Heraldo y elchiq.comhttps://www.google.com/search?q=elchiq&oq=elch&gs_l
Colombia amaneció este lunes estremecida por la magnitud de un terremoto de 7,4 grados de magnitud, con epicentro en San José del Palmar, una población de la costa del Pacífico. Con el transcurrir de las horas, la catástrofe ha ido revelando su dimensión: más de un centenar de vidas perdidas en segundos, familias rotas que lloran a sus seres queridos, personas lesionadas, viviendas destruidas, edificios reducidos a escombros, vías, hospitales, escuelas y aeropuertos con serias afectaciones y, en particular, comunidades enteras enfrentadas de repente al miedo, la incertidumbre por su futuro, gran tristeza y desolación.
Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y el resto del Eje Cafetero, entre otras zonas impactadas por el sismo, necesitan mucho más que palabras: necesitan la solidaridad de toda Colombia.
Las primeras horas de la tragedia han demostrado que, pese a las distancias políticas, somos aún capaces de reconocernos como nación. Son conmovedoras las imágenes que llenan de esperanza y fortaleza. En ellas se observan a ciudadanos que, sin conocerse, se organizaron para ayudar; a vecinos actuando como un solo ser para remover escombros o hacer lo que hiciera falta para salvar vidas; a bomberos, socorristas y personal sanitario que llevan horas trabajando sin descanso, así como a gente de a pie, movilizándose para decir: ¡aquí estoy!
El Gobierno también debe estar a la altura. El presidente Abelardo De la Espriella suspendió su agenda, asumió personalmente la coordinación de la emergencia, instaló un puesto de mando unificado y declaró el desastre de carácter nacional para garantizar la adopción de las decisiones más apremiantes. Indispensable. Su mensaje, cuando dijo “no están solos”, debe convertirse ahora en un mandato claro, que se traduzca en presencia efectiva del Estado, recursos oportunos y una coordinación permanente con alcaldes y gobernadores.
Esta es, apenas tres días después de su posesión en Cali, la primera gran prueba de fuego de su Ejecutivo, que deberá demostrar liderazgo no únicamente en el discurso, también en la voluntad política de resolver hoy los muchos frentes abiertos. Primero, rescatar vidas, atender heridos, ubicar a los desaparecidos, garantizar refugio o albergue a los damnificados y restablecer los servicios esenciales. Después vendrá la recuperación o reconstrucción de vías, hospitales, viviendas, aeropuertos y demás infraestructura afectada. Será una tarea monumental que exigirá determinación, recursos, transparencia y comprobada capacidad de ejecución. Pero, ante todo, ese proceso demandará algo que, a decir verdad, ningún presupuesto público ni privado reemplaza: la solidaridad de la gente.
Quienes estamos lejos de los territorios arrasados no podemos permanecer indiferentes. Es el momento de donar dinero, de aportar alimentos, agua, medicinas, elementos de primera necesidad a través de los canales oficiales y de organizaciones habilitadas para responder a esta crisis. Cada contribución cuenta. Cada ayuda puede aliviar el dolor de una familia que lo perdió todo. Cada gesto de empatía puede decirle a una comunidad golpeada que el país está a su lado, porque la solidaridad también es una forma de resistencia ante la adversidad.
Por eso resulta mezquino que se intente convertir este desastre nacional en botín político o en espacio de confrontación. Hoy no hay derecha ni izquierda, oficialismo ni oposición: lo que tenemos delante es a colombianos sufriendo y a colombianos que pueden ayudar. Ya habrá tiempo, si es el caso, para señalar responsabilidades. Ahora salvar vidas es lo primero.
Que nadie mire hacia otro lado. Más bien que cada uno se pregunte qué puede hacer para colaborar. En ese sentido, que el Estado haga su parte y la haga bien; quienes más tengan, que aporten mucho más y que el conjunto de la sociedad se active para tender un puente de afecto, cooperación y fraternidad hacia las regiones devastadas. De las ruinas que deja la tragedia, sí, se levantará nueva infraestructura, de eso no cabe duda, pero la prioridad es darles a los afectados la certeza absoluta de que, en horas tan complejas, este país es capaz de unirse en torno a quienes lo necesitan. ¡Colombia, hoy más que nunca, debe estar unida!
