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Catedral del Eje Cafetero resiste terremotos y se mantiene como símbolo de fortaleza para los católicos

La Catedral de Armenia que resistió el terremoto de 1999 vuelve a dar fortaleza: símbolo religioso del Eje Cafetero. Resiste los embates de la naturaleza y sigue siendo testimonio de protección.

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Por redacción la patria y Elchiqhttps://www.google.com/search?q=elchiq&oq=elch&gs_l

En pleno corazón de Armenia, frente a la Plaza de Bolívar, la Catedral La Inmaculada Concepción de María permanece como uno de los símbolos que recuerdan la capacidad de la ciudad para mantenerse en pie después de momentos difíciles.

El templo resistió el terremoto de 1999 y, más de dos décadas después, volvió a mantenerse firme durante el sismo del pasado 10 de agosto. Para los católicos y habitantes que han buscado allí acompañamiento, la Catedral representa algo más que una construcción religiosa: es un lugar de encuentro, tranquilidad y memoria.

El sacerdote David Suárez, párroco de la Catedral La Inmaculada Concepción de María, recuerda que después del terremoto de 1999 numerosos templos sufrieron daños, mientras esta iglesia logró mantenerse en condiciones que permitieron reanudar las celebraciones religiosas.

En el año 99 yo tenía 26 años, estaba comenzando cuarto de Teología en el Seminario Mayor Juan Pablo II, cerca del aeropuerto y cerca de La Tebaida. Muchos templos se destruyeron y, sin embargo, al mes del terremoto estábamos celebrando la Eucaristía aquí por las víctimas y eso nos daba a nosotros esa sensación de seguridad, de tranquilidad”, afirmó.

La Catedral fue, según el relato suministrado, la de menores afectaciones entre las tres catedrales del Eje Cafetero, una condición que reforzó su papel como punto de referencia durante la emergencia.

Un símbolo que permanece

El terremoto de 1999 dejó una huella profunda en Armenia. En medio de la destrucción, los espacios que permanecieron en pie adquirieron un significado especial para quienes buscaban recuperar rutinas, reencontrarse con sus familias y enfrentar el miedo. La Catedral se convirtió en uno de esos lugares.

Su ubicación en la Plaza de Bolívar y su función religiosa hicieron que allí se concentraran personas que buscaban oración, compañía o simplemente un espacio donde sentirse seguras.

Para el padre Suárez, ese valor no se limita a la estructura física. La iglesia también funciona como un punto de apoyo emocional y espiritual. La experiencia volvió a repetirse durante el terremoto del 10 de agosto.

Según el sacerdote, las celebraciones religiosas continuaron durante esa jornada y varias personas llegaron al templo después del movimiento sísmico.

El 10 de agosto celebramos los horarios de las misas y yo pensé que no iba a venir mucha gente y efectivamente la gente acudió. Incluso salieron de algunos apartamentos aquí como a encontrar un refugio y a que se les escuchara. Entonces es una sensación de seguridad que le da a algunos”, explicó.

Refugio después del miedo

El sismo también dejó temor entre algunos habitantes, en especial entre quienes tuvieron dificultades en sus viviendas o debieron abandonar temporalmente sus apartamentos.

Suárez reconoce que el impacto no se limita a las estructuras. “Hay gente nerviosa, por supuesto, porque han tenido que desocupar sus apartamentos. Un poco de salud mental, claro, impacta”, señaló.

En ese escenario, la Catedral vuelve a cumplir una función de acompañamiento. No se trata únicamente de abrir las puertas para las celebraciones religiosas. El templo también ofrece un espacio donde las personas pueden acercarse, ser escuchadas y encontrarse con otros ciudadanos que viven una situación similar.

Para algunos creyentes, esa permanencia del edificio después de dos terremotos se convierte también en una imagen de resistencia. La iglesia que se mantiene firme frente a la Plaza de Bolívar termina transmitiendo un mensaje que combina memoria, fe y capacidad de recuperación.

Fortaleza para los católicos

La resistencia física de la Catedral adquiere un significado particular entre los creyentes. Después de dos movimientos sísmicos separados por más de dos décadas, el templo continúa funcionando y convocando a la comunidad.

La imagen de sus puertas abiertas después de las emergencias refuerza la idea de que la fe también puede acompañar los procesos de recuperación.

El padre Suárez relaciona esa esperanza con el servicio a quienes atraviesan momentos difíciles. “No obstante, la esperanza no se acaba, tenemos que seguir adelante. Nuestras manos, nuestro servicio, el corazón, el voluntariado son la presencia de Dios para los que nos necesitan”, manifestó.

Memoria de una ciudad

Los edificios que sobreviven a una emergencia suelen convertirse en referentes de memoria. En Armenia, la Catedral ocupa ese lugar para quienes recuerdan el terremoto de 1999 y para quienes recientemente sintieron de nuevo el temor provocado por un sismo.

Para quienes vivieron ambas experiencias, la permanencia del templo conecta dos momentos de la historia reciente de la ciudad. En 1999 sirvió como sitio de celebración religiosa poco después de la emergencia. En agosto volvió a recibir a ciudadanos que buscaban acompañamiento.

La función es semejante: ofrecer un lugar estable en medio de la incertidumbre. La Catedral también conserva una relación directa con la vida cotidiana de Armenia. Su ubicación en el centro de la ciudad hace que sea punto de paso, reunión y referencia para residentes y visitantes. Después de un terremoto, esa presencia adquiere un valor adicional.

La ciudad retoma sus actividades

Tras el sismo del 10 de agosto, la Catedral vuelve a integrarse a la normalidad de Armenia. Las misas continúan y los feligreses regresan al templo.

Al mismo tiempo, el sacerdote reconoce que todavía existen personas afectadas emocionalmente por lo ocurrido y que necesitan espacios de escucha y acompañamiento.

En ese proceso, Suárez insiste en mantener la esperanza y en convertir la solidaridad en acciones concretas. El mensaje parte de la fe, pero también se expresa mediante el servicio y el voluntariado.

La Catedral que resistió el terremoto de 1999 y permaneció firme en el del 10 de agosto continúa frente a la Plaza de Bolívar como lugar de oración, encuentro y apoyo para quienes todavía sienten temor.

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