Argentina e Inglaterra reviven la rivalidad que se intensificó en el Mundial de México en 1986.
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Por: redacción ESPN y elchiq.com https://www.google.com/search?q=elchiq&oq=elch&gs_l
Cuántos héroes y cuántos villanos. Cuántos protagonistas. Cuántos ilustres y cuántos prófugos de la Efemérides de hace 40 años. Y un reparto en blanco para las efemérides de este miércoles cuando Argentina e Inglaterra jueguen la segunda Semifinal de esta Copa del Mundo 2026.
Nombres. Heráldica. En voz de Serrat, “el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano”. Héroes, villanos, circunstancias. Pasiones de cancha, pasiones intrusas. Sentimiento de patria. Invasores e invadidos. Desfile enlutado, luto sin desfile.

Tanto protagonista, de botines blancos y botas manchadas. La Semifinal. La antesala de retar a España. Maradona. La Mano de Dios. La sumisión de la Guardia de la Reina. El Gol del Siglo. Las Malvinas. The Falkland Islands. Lionel Messi, el heredero. Harry Kane y Jude Bellingham, presuntos vindicativos. Infantino y sus torcidas decisiones. El VAR de la paja en el ojo ajeno. Beckham y el divorcio entre su chequera en Miami y su honramiento como Sir de su Majestad.
Camiseta de un fan argentino con los rostros de Diego Maradona y Lionel Messi. Carl Recine/Getty Images
Tantos protagonistas de un largometraje. Hay un escenario: Atlanta, la cuna de Martin Luther King, quien en diciembre de 1964 estremeció a los ingleses imprecándolos sobre el racismo. No hay guión, solo 90 o 120 páginas vírgenes, tal vez con un anexo de penaltis, donde un tipo, Dibu Martínez, es un prestidigitador en typos (error tipográfico), y se especializa en escribir los renglones torcidos ante el manchón de la gloria y la tragedia.
Ha dicho Lionel Scaloni que enfrentar este miércoles a Inglaterra “es un partido más”. Sí, mentiras piadosas. La prudencia y el recato evitan conflagraciones inoportunas, en sitios inoportunos y en momentos inoportunos. Ciertamente las 649 familias argentinas enlutadas hace 44 años deben haber derramado una nueva lágrima. Pero, seguramente, en la intimidad gravitante del vestidor, Scaloni y sus huestes transpiran, desde la sangre hasta el cerebro, que es más, muchísimo más, que un partido de futbol.
Y seguramente se yergue la estampa del Diego, el de las dos versiones, el truhan del gol ilícito que él mismo endosó a Dios, y después, su ¿cabalgata o galopada?, histórico, memorable, entre el ballet del mexicano Isaac Hernández y los pasos perfectamente invasivos de tango de El Cachafaz.

Porque ahí, este miércoles, estará Maradona, desde tres palcos irreconciliables. En el cielo de los futbolistas, el purgatorio de los seres humanos y el infierno de los irredentos.
Este oficio del periodismo bendijo mi presencia aquel 22 de junio de 1986. Durante esa Copa del Mundo, con El Heraldo de México, vivía y me desvivía, entre México que entrenaba en Toluca y Argentina que entrenaba en Coapa. Esa tarde, recuerdo vívidamente el segundo gol del Diego. In crescendo. Era un Quijote hecho Centauro. A mi lado estaba Andrés Cantor, entonces corresponsal de El Gráfico. En la fila de atrás, decanos del periodismo argentino: Juvenal (Julio César Pasquato), Onésime, Cherquis Bialo. Poesía de El Gráfico.

Conforme Maradona sembraba de cadáveres ingleses la cancha del Estadio Azteca, y a lo lejos, como diez filas atrás, se desbocaba entre un silencio admirativo y expectante, la narración poderosa de Víctor Hugo Morales, ahí, así, los más de 120 mil aficionados empezaban a ponerse de pie. La última cachetada del Diego, la red y la explosión.
Volteo sorprendido hacia atrás. Por los gritos repetitivos, los alaridos incontenibles, las profanas exaltaciones: “Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta”. Gimoteaban, alardeaban, lloraban, imploraban, festejaban, alucinaban, ellos, los genios de la escritura en El Gráfico.
Volteo a preguntarle a Andrés Cantor sobre qué ocurría, por qué insultaban a Maradona. Con el rostro abotagado por esa densa mezcla del júbilo y el llanto, que es tanta que duele, me explicó: “Así como ustedes los mexicanos dicen con admiración ‘éste es un hijo de la chingada’, es lo mismo, es admiración pura”.
Cuarenta años después, nada ha cambiado, aunque todo esté cambiado. Hoy hay nuevos actores, pero permanecen algunos de aquellos de 1986. Maradona. La Mano de Dios. La sumisión de la Guardia de la Reina. El Gol del Siglo. Las Malvinas. The Falkland Islands. Messi, el heredero. Kane y Bellingham, presuntos vindicativos. Infantino y sus torcidas decisiones. El VAR de la paja en el ojo ajeno.

Y claro, a la vuelta de la esquina, España, que se deshizo fácilmente de Francia. Y que sabe que cualquiera, Argentina o Inglaterra, llegará exhausta, pero fortalecida. Nada nutre mejor que la sangre humeante del enemigo.
Y ahí, seguramente, desde algún lugar, el Diego aguardará como en aquella época –hace 40 años–, millones de argentinos, desde ahí, desde el palco del Diego artista, del Diego pecador y del Diego eterno, aguardará con un rezongo similar a ese de 1986, esperando que el heredero, que Lionel Messi, lo merezca, ese blasón popular, ese galardón de potrero, esa condecoración heráldica: “Es un hijo de p…”.
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